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Archive for 2 noviembre 2009

7 – La triste locura

Ya han pasado varios días. Y hoy voy a matar a mi tío, estoy harto de esperar y esperar. Lo mataré de la forma más horrible que un ser humano puede morir.

– ¿Qué haces? – me preguntó Belén al verme con varias armas sobre la cama.
– Voy a matar a mi tío – le contesté mientras me guardaba una pequeña pistola en el calcetín.
– Yo te acompaño-.
– ¡No! No quiero que te pase algo por mi culpa, tu te quedas aquí cuidándote y cuidando de Natalia.
– Bueno, vale. – me contestó sin pensarlo, algo que me parecía extraño.

Aparqué el coche a una manzana más atrás de su mansión. Luego entré en su vivienda burlando a las cámaras de vigilancia. En la fría casa parecía no haber nadie. Aproveché que la cámara del salón giraba hacia el otro lado para subir sigilosamente por las escaleras, hasta llegar a la segunda planta. Miré en distintas direcciones y no veía nada, pero escuchaba el susurro de voces. Busqué con cuidado las escaleras para llegar hacia la tercera planta. Todo estaba muy oscuro, y me costó encontrarla. Cuando subía aquellas escaleras, vi, entre las oscuridad, una pequeña luz roja. Había una cámara. El pecho se me encogió del susto, pero me fije que miraba para la otra dirección, pero ya estaba dando la vuelta y dentro de poco me iba a captar a mi. Pero me tomé mis mañas para subir sin que me viera.

– ¡Que no!¡Que no! Yo siempre llevo la razón – gritaba alguien.
– ¿A si? Pues entonces ¡vete! Pero no creo que salgas vivo de esta ciudad – decía otra voz familiar, que me parecía que era mi tío.
– ¿Me estas amenazando?-.
– ¡Si! Te estoy amenazando – gritaba mi tío.

Me acerqué a la puerta de la única habitación dónde se veía un poco de luz, la puerta estaba encajada a si que podía ver un poco lo que había detrás de ella. Allí estaba mi tío, muy cabreado al parecer. Y un hombre, de unos cuarenta años, también cabreado. Los dos discutían sin parar. No me sentía seguro así que ande unos pasos y abrí una puerta despacio, al abrirla, me vino olor a humedad. Lo poco que me dejaba ver la oscuridad es que era como un trastero. Me eché un manta por encima. Esperaba algo que no sabía que era.

Pasaron varias horas, y solo se escuchaba a mi tío hablando por teléfono. Levanté un poco la manta y la habitación seguía a oscuras. En silencio abrí la puerta, giré la cabeza a la derecha y allí vi, a mi tío, de espaldas, en el balcón hablando por teléfono móvil. También, al parecer, estaba discutiendo. Salí de aquella habitación con una pistola apuntándole a la cabeza. Mis pasos crujían en el suelo. Mi tío colgó el teléfono y se giró. Entonces, me vio apuntándole.

– ¿Qué crees? ¿Qué me vas a matar? No tienes valor para hacerlo – me dijo mi tío.
– ¿A no? Eso es lo que tu crees.
– ¡Pues hazlo! – me gritó. Cargué la pistola y cuando iba a apretar el gatillo mi tío hizo un rápido movimiento y en menos de ocho segundos él también tenía una pistola que me apuntaba, y sin pensarlo disparamos. A mi me dio en la pierna. Y yo a él le di en la barriga. Caímos al suelo del impacto.

– ¡Lalo!¡Lalo! – gritaba un voz lejana.
– Estoy aquí, aquí – gritaba yo. Entonces vi a Belén y a Natalia que se acercaban a mí.
– ¡Lalo! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? – me preguntaba Natalia mientras se tiraba al suelo llorando.
– Tranquila, tranquila. Estoy bien, ahora ayudame a levantarme. – le dije y ella me ayudó hasta ponerme en pié.
– ¿Qué hacemos con este cerdo? – me preguntó Belén.
– Lo quemaremos – le contesté.

Lo amarramos con cuerdas y lo tiramos al suelo. Luego rociamos gasolina por toda la habitación dónde lo habíamos llevado.

– ¡Cerdo, cabrón! Ahora arderás en el infierno – le dije con desprecio.
– Por favor, perdóname, no me hagas esto – me decía.
– Te haré esto y más. Belén, por favor pégale una patada en la barriga, ya que yo no puedo – dije yo.
– ¡Tenemos que ir al hospital, te vas a desangrar! – me exigió Natalia muy preocupada.
– No, así estoy bien, primero hagamos esto – la calmé. Ella me miró con cara de aprobación.
Después de que Belén le pegara una brutal paliza a mi asqueroso tío. Yo me levanté de la silla como pude y cuando estaba en pié ande hasta la puerta ayudado por Natalia. Cuando nos íbamos tiré una cerilla a la habitación.
– ¡No!¡No!¡No me dejes aquí! – gritaba Lorenzo.

La habitación ardia en llamas y los gritos dolorosos cada vez se hacían mayores. Cuando casi ya nos íbamos de la casa, alguien, le clavó una flecha de caza a Belén entre la espalda y la barriga. Y ella cayó en el césped en redondo. Yo me quedé atónito viendo el cuerpo moribundo de Belén. Natalia comenzó a dar tiros en la ventana de donde aquel hombre había apuntado con el arco. Natalia tubo tan buena puntería que le dio en la cabeza varias veces, y aquel hombre cayó de la segunda planta hasta el césped.

– ¡Ayúdame! – le grité nervioso a Natalia – no puede morir, no puede morir, ella no.
– ¿Qué hago? – me preguntó.
– Ve a por el coche, pongo en la puerta, la metemos ahí y vamos al hospital urgentemente-. Ella hizo lo que le dije. Yo, mientras la esperaba, saqué la flecha del cuerpo de Belén. Belén estaba inconsciente, yo intentaba reanimarla, perdía mucha sangre y su pulso disminuía. Mis lágrimas caían sobre su cuerpo casi sin vida.
– ¡Ya estoy aquí! – avisó Natalia mientras se bajaba del coche.

Abrí los ojos, y estaba en la habitación de un hospital. Parpadeé para mejorar la calidad de mi visión. ¿Qué hago aquí? Pensé.

– ¿Hola? – gritaba lo mas fuerte posible.
– ¡Lalo! – me abrazó Natalia.
– ¿Qué ha sucedido? – le pregunté muy confuso.
– Cuando bajé del coche, te quedaste inconsciente como Belén porque perdiste sangre, te hicieron una transfusión de sangre. Y ya estás bien, ¿no?
– ¿Y Belén?¿Dónde está ella? – pregunté asustado.
– Murió minutos después de que los médicos la atendieran, se desangró y lo poco que le quedaba de sangre te la pusieron a ti.
– Murió… – susurré mientra mis ojos se nublaban de lágrimas. Natalia me abrazó y me dio un beso en la frente.
– Ya no se puede hacer nada. Todo en la vida tiene un precio. El precio de, matar al padre de Belén, matar a tu tío, ser rico… es la muerte de Belén.
– Ya, pero Belén significaba mucho para mí, era la primera persona en la que confié durante muchísimos años.
– Belén susurró algo minutos antes de morir.
– ¿Pero no estaba en coma?
– Si, pero dijo “Lalo, nunca me olvides porque nunca lo haré, para mí eres como un hermano y no te preocupes por mí”-.

– Ahora me quedó más tranquilo.
– Ya lo único que podemos hacer es seguir para adelante con nuestras vidas, casarnos y tenes una familia.
– Verdad, tenemos que seguir para adelante y no cometer más errores. Al fin y al cabo, todo esto ha sido una triste locura.

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